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El Olimpo de Moreira
Por
Joaquín Meli U.
Publicado:
30 Junio 2020
Leido 352 veces
Arriba a la derecha Carlos Moreira.
Jalonando conquistas, nuestros deportistas han poblado las vitrinas colegiales de copas y hazañas. Atletismo, Básquetbol, Fútbol y Vóleibol sin temor a los gigantes y molinos tienen formaciones de gloria. Sin embargo, este Olimpo tiene a un hombre portentoso desde su humildad y sabiduría. Carlos Moreira se ha encumbrado en las nubes más gloriosas del Colegio Diego Echeverría, rugiendo aún su filosofía futbolística en los pastos del estadio que, desde su partida, lleva su nombre. - Reportaje por Álvaro Fredes, colegio Marista Diego Echeverría de Quillota.
Oriundo de Quilpué, fue contemporáneo de Elías Figueroa. Jugaron en canchas de tierra y cultivaron una importante amistad y respeto mutuo a través del tiempo. Desplegó su talento en diversos clubes del fútbol nacional, pero pronto decantó en ser entrenador. Su maestro fue Don Punto Silva, célebre estratega que condujo a San Luis de Quillota con una escuadra gloriosa a inicios de la década de 1980. Moreira fue su ayudante y asimiló su estilo en múltiples aspectos.

Los derroteros de la vida hicieron que Carlos llegara a un colegio Marista a desarrollarse como monitor deportivo. Sin ser docente, rápidamente comenzó a destacarse como un gran educador. Quizás en su trayectoria se distinguen claramente conceptos que hoy vemos plasmados en el Modelo Marista Evangelizador. Carlos Moreira puede ser llamado “educador marista” con toda propiedad.

La filosofía de Moreira

Sí, Moreira hacía del fútbol una disciplina que linda con la filosofía. No era solo patear una pelota, había que correr por algo, además de meter goles importaban los cuadernos. Le quitaban el sueño algunos nombres que no rendían en la sala y sí brillaban en los pastos, era un duro defensor de sus jugadores, puesto que conocía sus historias, dónde vivían, cómo le ganaban a la vida cada día.

Algunos hitos de su forma de pensar se dan desde nombres y años. “El año 1980 no lo olvidaré fácilmente. Nacían los jóvenes que posteriormente serían campeones de Chile en el Torneo escolar, representando al Diego.

Ese mismo año, San Luis tuvo un equipo estelar: Sandoval, Barrera, Figueroa, Berenguela, Martínez, Avallay, el gordo Bahamondez, Grafigna, Pato Yañez, Pititore y Pindinga. Fui testigo de cómo se formó ese camarín, pues tuve el privilegio de trabajar con don Eduardo Silva, el famoso “Punto Silva” que tantos jugadores y técnicos puso camino al éxito.

La vida me premio participando en esas dos instituciones: San Luís y el Diego Echeverría”

Llegar a un colegio no fue sencillo, ya que provenía del mundo del camarín, de las canchas del fútbol agrícola, donde el tercer tiempo es terreno de garabatos, violencia. Las mañas que aprendió en sus años de periplo por clubes de primera y segunda lo habían formado en el rigor y en la respuesta fácil. Alguna vez la barra de uno de nuestros colegios maristas no fue tan marista y comenzó a gritarle expresiones de grueso calibre, especialmente aludiendo a su prominente calvicie. Moreira distinguió que el que llevaba la batuta de los improperios era un apoderado que tenía a un bebé en sus brazos, se dio vuelta al final del partido y le gritó con propiedad: “anda a darle leche a la guagua mejor”.

La rapidez de esta respuesta aflora también cuando se le preguntó por su llegada a este colegio. “Mi reconocimiento y agradecimiento a un Hermano Marista visionario. Fernando Pantaleón, quien me contrató hace ya veinte años”. Se ganaba, pero no era la verdadera meta, así se fue transformando su visión del balompié desde el contacto con los Hermanos, “Los Hnos. son los mejores dirigentes que he tenido, siempre que llego de un campeonato me preguntan: ¿volvieron todos bien? ¿aprendieron algo en estos días? esa confianza me hace estar cada día más comprometido con lo que debo enseñar a mis jugadores: a ser personas, a incentivarlos a estudiar, a saber comportarse en un hotel, en una mesa, a saber comer, hablar bien, saludar, dar las gracias, despedirse de todos, ayudar en el lugar que estamos”.

La leyenda

En números era el mejor y la galería de copas que formaban sus logros era infinita. Si lo homologamos a resultados SIMCE, PSU… equivale a puntajes nacionales, el más alto de los rendimientos. Alguna vez nos contó que una de las piezas de su casa la había destinado a trofeos y medallas, con la humildad y silencio que lo caracterizaba. Pero sabemos que la cima en su vida no estaba en el brillo de los primeros lugares, sino en las vidas que transformaba, dio triunfos a los que en la sociedad no tienen ninguna posibilidad de ganar.
 

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